





La historia es la principal fuente del saber y, consecuentemente, la más importante de las ciencias. En ella confluye todas las ramas del conocimiento y de la creatividad humana desde la economía, la arqueología y la antropología, hasta el arte la literatura y la filosofía.
La historia nos explica cómo se crearon y evolucionaron las sociedades, civilizaciones y culturas del pasado, y por esto, solo en su interior se encuentran las claves que permite entender nuestro presente.
Los grandes ríos constituyeron la espina dorsal de las civilizaciones agrícolas y fueron padres de las fascinantes culturas. Este fue el caso de Mesopotamia, bañado por el Tigris y el Éufrates; de la India, que nació en las orillas del Indio; de la China, surgida bajo el influjo del rio Amarillo, y, sobre todo, del antiguo Egipto, el pueblo del Nilo. Aislada por el desierto y el mar, la civilización de los faraones creció durante milenios prácticamente imperturbable, con el aliento de eternidad proporcionado por sus enormes construcciones de piedra y granito y por los ritos que suplicaban la inmortalidad del alma.
La sociedad egipcia sufrió pocos cambios mientras pasaban las dinastías y los imperios. Los poblados no se transformaron nunca en grandes ciudades, ya que las ciudades de los palacios y los templos concentraban el poder y el conocimiento, y los faraones y los sacerdotes edificaron una estructura rígida, jerárquica y conservadora, fundada por el carácter sagrado del dios-faraón y en los “secretos” guardados por la casa sacerdotal y los guardianes de la palabra, los escribas.
En aquel mundo inmutable, no obstante, se desarrollo la magia y la medicina, la astronomía y la ingeniería, el arte la trepanación y del embalsamamiento, la arquitectura y, cómo no, el arte y la literatura. El legado de esta civilización fascino y sigue fascinando a generaciones de todo el planeta. No es extraño, por eso, que Champollion, el traductor de los jeroglíficos egipcios, proclamara al resumir su vida: “Soy todo entero de Egipto, Egipto lo es todo para mí”.
En la cuenca del indio, al sur de Pakistán y el noroeste de India, floreció a partir del Neolítico una civilización avanzada cuyas claves no han sido aun totalmente dilucidas. Las culturas del indio construyeron ciudades inteligentemente planificadas, desarrollaron su escritura. Nada se sabe sin embargo de su religión o de su organización política, aunque dejaron huellas indiscutibles de su dinamismo comercial en Mesopotamia y el golfo pérsico.
En las vastas etapas, que se extienden como un océano de hierba en Eurasia, desde el Cáucaso a la frontera china, progresaron entre tanto tribus nómadas que se especializaron el caballo y adquirieron una veloz movilidad que los puso en contacto con las grandes civilizaciones que aparecieron en el tercer milenio a.C. en Mesopotamia, India y la lejana China, donde difundieron el metal y la orfebrería.
Los jinetes de las estepas invadieron periódicamente las civilizaciones sedentarias como invasores o como elites especializadas en armas de metal, carros de guerra y doma de caballos. Las tribus indoeuropeas alteraron la historia de Oriente Próximo y su cultura impregno la India védica. La presión de los mongoles en China incito la respuesta de una formidable civilización que asimilo las técnicas de los invasores. La China feudal se blindo detrás de una cultura uniforme y de una solida organización que puso los cimientos del imperio más antiguo de Asia.
Aunque para nosotros, como individuos, un año de vida constituye una unidad de tiempo considerable, en la historia global del planeta, este periodo de existencia es completamente insignificante.
Trazar el camino que siguió la humanidad durante este prolongado lapso de tiempo es el reto al que se enfrentan los paleo antropólogos, los científicos que estudian nuestros orígenes. Su desafío, no obstante, es tan apasionante como quijotesco, puesto que, de un proceso tan dilatado y complejo como es el de la hominización, hoy solo se conservan unos cuantos retos de herramientas y huesos fosilizados que, pese a su innegable valor documental, resultan insuficientes para completar el árbol de la evolución humana.
Pero lo que hoy sabemos sobre nuestros antepasados es mucho más de lo que hace solo unas décadas los prehistoriadores llegaron a imaginar. El desarrollo de la genética, por ejemplo, ha permitido que algunas teorías existentes hayan sido confirmadas o descartadas y, en un futuro no muy lejano, probablemente, la tecnología dará respuesta a aquellas preguntas sobre la evolución humana que permanecen sin contestar. La investigación mientras tanto continúa.
Grupo4, María Jose Paca, Karen Granda, Andrés Medina, Génesis Canales